SÍNDROMES A REFLEXIONAR

No es fácil aunar en un post conceptos de psicología y llevarlos al terreno del Budō, aunque ya lo he conseguido en otras ocasiones, nunca es fácil y en esta ocasión tal vez más. Verán, hay dos síndromes que están muy relacionados entre sí y que la psicología y la psiquiatría estudian: el síndrome del impostor y el síndrome de Hubris. En realidad hay un tercer síndrome que estaría ubicado entre estos dos citados y que sería una extensión del primero en mi opinión pero del que hablaremos a medida que vayamos desarrollando este tema.

El síndrome del impostor se define así: “El síndrome del impostor, a veces llamado síndrome del fraude, es un trastorno psicológico en el cual las personas exitosas son incapaces de asimilar sus logros”. En otras palabras el éxito merecido no es percibido como tal por el individuo que cree no merecer dicho éxito. Por extensión tendríamos que matizar que este síndrome suelen sufrirlo personas que logran éxito en un campo en el que ellos saben que no están realmente capacitados, en detrimento de otros bien capacitados que no alcanzan ese éxito, esto les hace sentirse impostores al ser considerados en un sector profesional de manera muy positiva cuando ellos saben que no es así. Verán, una persona escribe para un diario y logra éxito y reconocimiento profesional con sus artículos, pero no es periodista, no ha estudiado la carrera ni ha recibido formación alguna en esa área. Este individuo siente que está usurpando el sitio y el éxito a alguien que sí está preparado y formado concretamente en esa materia. Hay un ejemplo muy curioso. Una actriz de la serie de TV “Juego de Tronos” no pudo en un principio gestionar su fulgurante éxito y fama llegando a creer que realmente no la merecía. Por ello debemos entender que habrá gente que el reconocimiento o el éxito les llegue por meritos propios que ellos no creen poseer y otras personas tal vez en su caso si sea posible que no estén a la altura del éxito logrado, pero no por ello lo han obtenido fraudulentamente y no deberían sentir que no les pertenece, aunque no pueden dejar de sentirse incomodas con ese triunfo que no sienten como suyo.

De igual modo en el Budō hay formadores que han alcanzado un grado, estatus o éxito sin tener los conocimientos, los años de formación, entrenamiento y experiencia necesarios. Saben que no están a la altura y se sienten impostores. Es en ese momento cuando quienes se sienten así tienen dos caminos, seguir con esa impostura o trabajar de forma humilde para remediarla. Eso pasa a veces por reconocer el problema, entrenar y esforzarse por lograr el nivel que se supone debería tener y ser sincero consigo mismo y con los demás. También debería ser humilde y respetar a quienes sí tienen lo que tienen por méritos propios de tiempo, conocimiento y experiencia.  Otro camino es ignorar ese hecho y vivir con la sensación de estar en una posición inmerecida.

Aquí como hablaba antes hay una variante. Es aquella en que el individuo alcanza el estatus o grado y se cree que realmente merece dicho estatus y grado. Estas personas se creen su propia mentira ya sea por conveniencia o por simple debilidad de carácter que les hace pensar en que todo es cierto ya que la realidad sería un golpe excesivamente duro. Son formadores que en poco más de 6 meses pasan de cinturón blanco a 2ºDan. Son personas que por una u otra razón llegan a un estatus y creen realmente que se lo merecen, cuando no es así. Aquí las cosas son más difíciles porque el resto del mundo no es idiota y ven su bajo nivel y el individuo suele reaccionar agresivamente porque siente como un ataque la percepción que se tiene de él.

El síndrome de Hubris es más complejo, de hecho se lo llega a tratar ya como una patología de orden no psicológico sino psiquiátrico. Se define como “un trastorno que se caracteriza por generar un ego desmedido, un enfoque personal exagerado, aparición de excentricidades y deprecio hacia las opiniones de los demás”. Siendo más concretos, son personas que alcanzan el éxito y son incapaces de gestionarlo, siendo devorados por el mismo. Ese éxito o estatus los vuelve egocéntricos, arrogantes, temerarios y con la idea de que su opinión es la única que cuenta, que son infalibles y están en un nivel superior al del resto de los mortales, donde no hay lugar al error o el fallo. No buscaré ejemplo porque a buen seguro en estos días todos se habrán percatado que este síndrome es parte de una patología psiquiátrica más compleja que sufren algunos individuos al frente del destino de muchos de nosotros…

Pero si me centro en el área del Budō si puedo referirme al formador que ha logrado éxito y status, generalmente uno muy alto y que es seguido por muchos, idolatrado y casi venerado. Siendo sinceros, hay personas que han llegado a ese punto y gestionan de maravilla todo ello, convirtiéndose en referentes de gran valía para toda la comunidad Marcial. Aun así hay individuos que no lo llegan a gestionar bien y su ego, soberbia y petulancia se vuelven visibles para todos menos para ellos y sus más allegados. A estos últimos les cuesta ver el problema y cuando lo hacen sufren por el estado de decepción en que se sumergen y del que les cuesta salir, para ellos es estrellarse contra un cristal que no vieron durante mucho tiempo frente a ellos. Esta incapacidad para gestionar el éxito de forma adecuada les supera, creando y alimentando su vanidad y su ego, llevándolos a extremos de cierto fanatismo casi sectario. Tal vez por ello este síndrome es considerado patología psiquiátrica, por ser la antesala de temas o problemas mucho más profundos y que pueden implicar a muchas personas del entorno de quien lo sufre.

Creo que estos síndromes analizados de una manera psicológica, más impersonal, pueden ayudar a comprender comportamientos y actitudes en formadores y grupos, haciendo más fácil asumir sus postulados y sus comportamientos. El Budō es un área donde la personas depositan su integridad física y psicológica en unos formadores que deben ser conscientes de sus responsabilidades hacia dichas personas. Muy por encima de sus problemas, debe primar la calidad de la formación que ofrecen a sus alumnos y estos a su vez deben saber distinguir y ver cuándo están formándose con personas con los pies en la tierra o en los mundos de Yuppi o, más peligroso aún, en su propio universo paralelo.