VOLUNTAD DE MATAR, VOLUNTAD DE SOBREVIVIR

Esta mañana leía una reflexión acompañada de un pequeño vídeo de Ernesto Pérez Vera sobre la voluntad de matar. En su reflexión hablaba de cómo los profesionales de la seguridad se escudan en las consecuencias jurídicas, es decir en las potenciales decisiones o dictámenes de un juez para no intervenir de forma contundente, de forma eficiente en una situación potencialmente letal. Hablaba de los muchos comentarios vertidos por profesionales que por miedo a las consecuencias legales no actúan y ni tan siquiera se preparan para actuar ante una situación, como antes comentaba, potencialmente letal. Ernesto les preguntaba sobre temas básicos tales como si llevaban bala en recamara, seguros puestos en el arma o el número de sistemas de seguridad de las fundas donde portan su arma. Ante las respuestas de muchos de estos agentes, ya no puedo usar la palabra “profesionales”, Ernesto les comentaba que lo que hacían al justificar su actitud por miedo a las consecuencias legales era escudarse en las mismas para no tener que prepararse para la lucha por la supervivencia, para no tener que desarrollar su voluntad de matar. La voluntad de matar no es sino la voluntad de sobrevivir, siempre que se encuadre en un escenario de violencia letal contra uno. La gente no quiere luchar, no quiere esforzarse por formarse o por prepararse ni física, ni técnica ni psicológicamente para sobrevivir. Así que cuando no hay una correcta actitud toda excusa es buena para justificar tu mala actitud. Ernesto decía ”Sobrevivir a la acción hostil y letal de un congénere, de otro “Homo sapiens”, no es un paseo por un florido parque iluminado. Entrenar la voluntad de matar es lo mismo que entrenar la voluntad de sobrevivir, pero se puede sobrevivir mirando para otro lado e incumpliendo el deber legal de no mirar para otro lado (en el caso de los policías). Y aunque esto sea más agradable de leer y más beneficioso para el pellejo propio, muchas veces hay que matar o herir, a tiro limpio si no hay más remedio, para seguir viviendo, por rasposa que resulte la digestión mental (asimilación) de tal incontestable aseveración”.

Lo cierto es que estas palabras dichas en un entorno policial, son igualmente válidas para un entorno civil. Uno cree que puede sobrevivir huyendo de la realidad, ignorándola, no haciéndole frente o “poniendo el culo” como vulgarmente se dice. Aunque a decir verdad el precio a pagar es igualmente caro. Ignorar la realidad no te va evitar ser víctima de ella, de sufrirla. Si la excusa es “las consecuencias legales” de una acción encaminada a nuestra autoprotección o supervivencia, mala excusa es. No hay excusa posible para negar la realidad y negarse a aplicar la contundencia necesaria para sobrevivir. Del cementerio no se sale, repito una y otra vez, del hospital y la cárcel si. Ser conscientes de la legalidad es algo correcto, ser prisionero de dicha legalidad, ser rehén de dicha legalidad no es correcto, no es justo. Recordemos que nos regimos por leyes y dichas leyes son humanas, han sido redactadas por seres humanos y son impuestas o aplicadas por seres humanos. No podemos confundir ley y justicia. La ley y la justicia se las representa con una figura con una balanza en la mano y los ojos vendados. Esos ojos vendados simbolizan imparcialidad, pero para mí esos ojos vendados significan ignorar la verdad, los hechos, las circunstancias, prefiero una figura con los ojos bien abiertos y con una correcta y amplia visión de la realidad. No puedo sentirme rehén de las leyes, víctima de las mismas, atado por ellas e incapacitado para defenderme, para sobrevivir a una acción o agresión violenta, ilegítima y letal. Si esas leyes y el miedo a su aplicación me limitan mi supervivencia algo falla, porque al delincuente no noto que le limiten para atentar contra mi integridad física o psicológica, no veo que le aten e impidan robar, violar o matar. Así que uno llega a la conclusión de que o nos abstraemos de las consecuencias legales y nos centramos en fomentar nuestro instinto de supervivencia o de lo contrario estamos ya muertos. El delincuente, el agresor, no está limitado por la ley pero nosotros sí, así que cuando enseño siempre repito que ser conscientes del marco legal es importante pero ser conscientes de nuestra supervivencia y autoprotección es aun mas importante, máxime cuando no vamos a recibir ayuda (siempre digo que la policía llega cuando todo ha terminado, recoge pruebas y testimonios, marca siluetas de tiza en el suelo y llama al juez para el “levantamiento del cadáver”).

Si no desarrollo mi instinto de matar, mi capacidad para reducir mi empatía natural y sacar al depredador que tengo dentro, seré la víctima del depredador. No suelo ver a un depredador acechando a otro depredador, porque saben que el resultado de ese encuentro puede salir muy mal para uno de ellos, no tienen garantías de éxito. Con una víctima las garantías de éxito son casi plenas. Así que necesito potenciar “mi depredador interior” necesito estimular y refinar mi capacidad para matar, para herir, para causar daño. Necesito potenciar mi sentido de la supervivencia y auto preservación por encima de condicionantes éticos, morales y legales. Como Ernesto dice, es duro de digerir, de aceptar, pero es la pura realidad. Como formador es mi obligación formar y concienciar a mis alumnos sobre todos estos puntos aquí expuestos y darles las herramientas para su eficiente supervivencia en un entorno hostil, ante una situación letal. Luego deberán siempre ser ellos quienes decidan, quienes tengan la última palabra sobre su propio destino, su propia integridad, su propia vida. Mi labor es formar, por desgracia no puedo estar en el fatídico momento de decidir, pero tengo que irme a dormir con la conciencia tranquila del deber cumplido, de la labor bien hecha, porque el resto, lamentablemente no está en mis manos. Sin embargo si está en mis manos la correcta formación y capacitación. No estamos jugando, estamos aprendiendo a sobrevivir, como siempre digo a mis alumnos “al Dôjô se viene a aprender, en la calle vamos a entrenar”. Entrenamos las 24 horas del día los 7 días de la semana (24/7). El tatami es sólo el lugar donde adquirimos los conocimientos y las habilidades y experiencias básicas, el resto es cosa nuestra el resto del tiempo, porque el día tiene bastante más horas que las que pasamos en el tatami. Olvídate de lo que “dicen” o “comentan” y céntrate en lo que te importa y en lo que crees, lo demás no te ayuda en nada a tu objetivo: sobrevivir.

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