PARTIDAS

Uno de los momentos más agridulces para un instructor es sin duda cuando un alumno abandona el Dôjô. En ningún caso me refiero a aquellos que lo hacen por motivos burdos y simplones que sólo muestran lo poco comprometidos o interesados que estaban con la práctica marcial. Tampoco me refiero a los que son “invitados” a abandonar de una forma más o menos sutil el Dôjô pues no son dignos de estar en el mismo. De ese tipo todos los formadores hemos tenido bastantes, en algunos casos demasiados, pero supongo que es algo inherente al trabajo de instructor.

En este caso concreto me refiero evidentemente a aquellos estudiantes o alumnos que lo hacen por motivos profesionales o familiares. Siempre tienes presente, sobre todo cuando los alumnos llegan al Dôjô en edad académica, que tarde o temprano, puede ocurrir que por necesidades académicas o laborales se tengan que ir de la ciudad y con ello abandonen el Dôjô. Su expansión personal o profesional le puede llevar a estudiar cursos o masters fuera de nuestra ciudad. Igualmente la búsqueda de un trabajo digno y adecuado al tiempo y esfuerzos invertidos en su formación les puede llevar hoy día fuera de su zona geográfica lamentablemente. Es algo que sabes mejor incluso que ellos mismos pues ya lo has vivido con anterioridad pero aun así cuando ocurre siempre sientes un vacío difícil de expresar.

En 28 años como formador de mis 32 años como practicante en activo de Bujinkan Budô he vivido algunos de eso vacíos que verdaderamente no puedes llenar. Son alumnos que llevan contigo 6 años, como en esta última ocasión pero que incluso puede que lleven 12 o 17 años de entrenamiento en el Dôjô. Es mucho tiempo y en el transcurso de ese espacio de tiempo se ha forjado una relación Alumno – Maestro que siento de manera muy profunda. Cada relación es diferente pero todas ellas únicas y preciosas. Debes aprender a decir “adiós”, cosa nada fácil, pero la vida ha de seguir y sólo deseas para esos alumnos lo mejor en sus vidas, en su nueva aventura profesional o personal. Es cierto lo que un antiguo instructor mío decía: la única constante en un Dôjô es el instructor y sus enseñanzas, los alumnos vienen y se van, algunos más rápidos que otros pero todos fluyen, sólo permanece el conocimiento que en ellos hayas logrado inculcar.

Espero que el camino que emprenden sea provechoso para sus vidas personales y profesionales y si es posible que continúen su formación en el Budô de mi Sensei allá donde estén. Yo seguiré mi camino pues ya está trazado después de 32 años pero siempre recordaré con cariño y gratitud a aquellos que lo siguieron bajo mi tutela con honor, coraje, sudor, sangre y dolor durante un tiempo. Sólo me resta desear a quien parte buen viaje, feliz aventura…

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