TRADICIONAL – CONTEMPORÁNEO

En una clase de la semana pasada, un alumno me comentaba como un antiguo instructor suyo tras tener una mala experiencia en la calle decidió que aquello que estaba practicando y enseñando, Bujinkan, no era válido, no funcionaba. Optó por desarrollar su propio método de defensa personal ajeno a Bujinkan o al menos no siguiendo las pautas de Bujinkan. Cuando me comentaron durante la clase esa historia no pude por menos que dar mi punto de vista al alumno y al resto de los estudiantes.

Ese instructor esperaba que aquello que entrenaba, las técnicas, le sirvieran de forma eficaz en la calle, esperaba que aquello que entrenaba sin más, porque si, funcionara, al no hacerlo: decepción (las culpas al sistema y en todo caso al instructor o al maestro…eso siempre). El error de ese instructor fue ser negligente en su entrenamiento y sobre todo en su comprensión de las enseñanzas del Sôke y todo lo que ellas conllevan. Se centró en el poder físico de las técnicas cuando estas son meros ejemplos, contenedores de conocimientos y sabiduría, que hay que trabajar y desarrollar. Creyó que con eso bastaba, error y grande, no vale de nada todo cuanto entrenes a nivel físico, técnico, no vale para nada si no eres capaz de ponerlo en práctica en el momento necesario de forma inteligente. El motivo de hablar tanto de Shin Gi Tai no es por gusto ni para parecer muy profundos con nuestro pensamiento oriental, es para tener muy claro que el cuerpo es lo primero pero lo menos esencial. Que la mente, donde reside la táctica, es el punto de inflexión o de equilibrio entre el cuerpo y el espíritu. Muchos cuando se llega a este punto se pierden debido a que Shin lo traducen como espíritu o alma. Pero el concepto va mas allá, estamos hablando también de la conciencia, la ética, la moral del individuo. Si no somos capaces de aplicar un waza que tendrá como resultado una grave lesión o la posible muerte de quien nos ataca, de que nos sirven las técnicas, de nada. Si no somos capaces se sobreponernos a las emociones básicas de todo ser humano: miedo, ira, odio, venganza, etc.… de nada sirven las técnicas. Ellas, las técnicas, nos ayudan a ir tomando contacto con esas emociones y permitiéndonos trabajar con ellas. Pero en última instancia somos nosotros quienes hacemos eficaz aquello que entrenamos tan arduamente, no por ser más fuerte o más capaz físicamente eres más poderoso, más bien esa creencia te hace más débil y vulnerable de lo que te puedas creer. Es el espíritu apoyado por la mente quienes hacen fuerte al cuerpo y con ello a las técnicas. Es nuestra capacidad para llevar a término los waza por doloroso que eso resulte. No estamos jugando, y muchos con un sentimiento de misticismo enlatado pretenden vendernos que el Budô es algo muy distinto, como una película Disney, pero en la calle la película es bien distinta y no preparar tu mente y tu “espíritu” para ello te pasará factura. Si enseñas o entrenas un waza donde con un cuchillo haces un determinado corte o cortes, no lo estás haciendo sólo por mero trabajo de entrenamiento o de preservación de una tradición y de una herencia marcial, lo haces con la intención de formar a tus alumnos y a ti mismo en las múltiples circunstancias en que te puedes encontrar en la vida cuando alguien pretende dañarte de una u otra forma. No puedes hablar de conceptos filosóficos y después enseñar el uso del Tsurugi o del Tachi donde muestras la forma correcta de cortar el cuello o de herir en una pierna, sin tener en cuenta que las partes, cuerpo, mente, espíritu, forman un conjunto, constituyen un “todo” y que sin una preparación psicológica seria, correcta y adecuada, todo lo que queda es un batiburrillo de elementos dispersos e inconexos a veces, que pretendemos llamar Budô. Ahí reside el problema de aquellos que abandonan su actividad marcial por supuesta falta de efectividad, el problema no reside en el arte sino en la persona que lo pone en práctica y en quien le enseña en todo caso. Si no estás dispuesto a llegar hasta el final, el agresor será quien lo hará y tú pagaras las consecuencias y no te gustaran esas consecuencias, hazme caso. El Budô no es un juego, es algo real para la vida real (Jissen) que por suerte está revestido o imbuido de una filosofía que nutre nuestro “espíritu” y estimula nuestra mente, pero que no debe de nublárnosla y hacer que dejemos de tener los pies firmemente asentados en el suelo.

Muchas veces me defino a mi mismo como “tradicional – contemporáneo” con ello quiero decir que respeto y preservo la tradición como el legado de mi Sensei y la base, los cimientos o raíces de nuestro Budô. Esa tradición no se toca, no se modifica, se aprende de ella y entonces se crece y evoluciona. Es ese crecimiento o evolución, lo que me hace llevar todo el caudal de conocimiento adquirido y contenido en la tradición al momento presente. Esa es la magia del Budô de mi Sensei, un Budô vivo y como tal capaz de sobrevivir en el siglo XIV y en el siglo XXI. Tradicionalista, que no purista, pues aquellos que se consideran así, preservan el conocimiento y la tradición pero se quedan estancados en ella, respetable, si y creo que si me apuran diría que necesario en parte pero se debe entender que esa vía no conduce a la supervivencia real hoy día. Es un camino donde se entrena día tras día la tradición y se preserva impoluta, como si en una máquina del tiempo nos fuéramos a siglos pasados. Respeto ese camino, no es el mío, en parte, pero lo respeto. Pero debe quedar claro que el Sensei repite una y otra vez que este es un Budô para sobrevivir y eso conlleva la convivencia en armonía de tradición y evolución.

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