THE LAST RONIN

Lamentablemente la cartelera española de estrenos cinematográficos no da cobertura al cine asiático salvo contadas excepciones y más concretamente al cine japonés. El pasado año sin ir mas lejos la única película que consiguió ser estrenada en cines fue “13 asesinos” un chambara del cual ya hablé en su día en un anterior post en este mismo blog donde realicé una comparativa entre la versión  de 2011 y la versión anterior de 1964. Es evidente que un solo film al año es muy poco para a amplia producción cinematográfica japonesa. Es por ello que uno se ve obligado a recurrir a la red o a la compra de Dvd de importación para poder visionar algunos de los estrenos más interesantes de aquel país.

Hoy quiero hablar de uno de esos estrenos que por desgracia no llegaran a España, salvo una casualidad del destino y de las distribuidoras. Se trata de “The Last Ronin”. Una producción de 2010 encuadrada sin duda dentro del genero de drama historio o Jidai Geki.

Se trata de la ópera prima de Shigemichi Sugita, candidato al premio de la Academia Japonesa como mejor director por esta realización eficaz a la vez sentimental y hasta bucólica de la adaptación de un best seller de aquellas latitudes, The Last Ronin, que nos narra un imaginario día después de una de las páginas más heroicas de la historia del Japón post feudal, la rebelión de los 47 ronin, leales servidores del clan Asano de Ako, caídos en desgracia tras la muerte de su señor, despojados de su dignidad samurai y ejecutores de una venganza legendaria. Muchos pensaran que ya hay muchas películas y buenas sobre la redención de los 47 Ronin de Ako (las de Mizoguchi e Inagaki son las mejores), que parece innecesario volver otra vez sobre este tema. Es posible que sea así pero está es sin duda una “vuelta de tuerca2 a la historia desde la ficción evidentemente, pero creando un “… 17 años después….” Que nos ofrece la vía para contarnos un cuento, una historia clásica de samurai.

El argumento en está ocasión se sirve del acontecimiento histórico para narrarnos un historia, una ficción, sobre dos personajes que deberían de haber muerto en aquel suceso pero que distintas y muy diversos motivos les llevaron a no hacerlo. Diecisiete años después del suicidio colectivo de los 47 descubrimos que en realidad sólo 46 realizaron el seppuku; uno de los leales samuráis de Ako recibió el encargo de contar la historia a las sucesivas generaciones y hacerse cargo de las viudas de los muertos. De visita en Kyoto localiza accidentalmente a un samurai fugitivo que presuntamente escapó del seppuku la noche antes en extrañas y oscuras circunstancias. Todos le creen un cobarde miserable y él calla resignado a su suerte mientras se hace cargo de los cuidados de una joven de 16 años, cuya custodia, por algún motivo, es vital para mantener intacto el orgullo y el legado del clan.

Sugita crea un Jidai Geki clásico, romántico y evocador. Nada que ver con la acción, violencia a veces Gore que nos ofreció la excepcional “13 asesinos”. The Last Ronin (que curiosamente se basa, como “13 asesinos”, en un relato de Kaneo Ikegami) es un canto a las virtudes del abnegado samurai, entregado al ejercicio del deber por encima de cualquier otra interferencia emocional o personal. Aquí lo que trasciende es un relato limpio y emotivo y primorosamente filmado (la composición de los planos es indescriptible). La capacidad para utilizar en la narración el teatro Bunraku (teatro de marionetas) logra una profundidad y una estética de una sutileza y belleza rara vez vista en la pantalla y que es posible que el espectador occidental no sepa o le cueste apreciar. La ética del samurai como virtud suprema y no como defecto; nada que ver con el Jidai Geki crepuscular de Yoji Yamada en “El ocaso del samurai”, de quien Sugita hereda la mirada plena de nostalgia a un tiempo irremediablemente perdido o a punto de desaparecer y la mirada también sentimental hacia una casta en franca decadencia y abocada a desaparecer.

En ese sentido The Last Ronin es una impecable historia de samurai, donde la katana no es la protagonista pero donde no se confunden sentimentalismo con sensiblería. Se trata de un film que como hizo en su día “Ame Agaru” te conmueve y te hace reflexionar a la vez que visualmente emociona. La mayor pega, todo hay que decirlo, el ritmo, lento muy pausado, muy japonés pero poco o nada occidental que tal vez ponga de los nervios a mas de un espectador. Aun así el tiempo juega a favor del film dándole tiempo a quien lo visione, la oportunidad de captar los matices y los perfiles de los personajes, los detalles y las sutilezas de una puesta en escena esmerada a la vez que simple y correcta.

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