DICTADURA BENEVOLENTE

Recientemente he tenido la oportunidad de ver un reportaje y posterior entrevista a un instructor de un koryû japonés y durante la misma me llamó la atención una afirmación en concreto del entrevistado que decía  así: “un Dôjô es una dictadura benevolente”. Esta afirmación puede ser algo chocante para algunos aunque ya he oído palabras similares en boca de otros instructores del tipo: “un Dôjô no es una democracia”. La verdad es que la primera definición o expresión, más concretamente, me gusta bastante pues se ajusta en buen grado a mi forma de pensar. Creo que muchos han perdido la objetividad sobre lo que representa no sólo un Dôjô sino sobre las responsabilidades que conlleva dirigir uno. No voy a entrar en lo que seria la dirección comercial de una superficie dedicada a la práctica deportiva o de artes marciales donde factores económicos entran en juego, sino al concepto de Dôjô como grupo de formación o entrenamiento creado en torno a una disciplina o Budô y que gira irremediablemente en torno a un instructor o cabeza visible y a veces de “turco” del mismo.

Un Dôjô está regido siempre por un código de conducta y de trabajo orientado al perfeccionamiento Shin Gi Tai de aquellos que lo forman, incluido el instructor del mismo. Es importante hacer notar la diferencia de orden de los tres conceptos anteriores entre la cultura occidental y oriental. Pues bien ese código interno que rige a un Dôjô no es sino el símbolo de la entrega y disciplina con que dicho grupo afronta la practica y perfeccionamiento de su Budô. En ocasiones estos códigos son estrictos y mantienen una disciplina férrea sobre sus miembros, algo que puede llegar a ser confuso o provocar una sensación ambigua en algunas personas. La verdad es que la responsabilidad aceptada por un instructor para con su Maestro y para con la disciplina o Budô que enseña es enorme y en ocasiones no sólo es una responsabilidad sino una gran carga emocional o psicológica. Hay quien se pone a impartir clases digamos educadamente que con una ligereza imprudente o incluso temeraria, sin estar ni motivado para ello y ni mucho menos preparado. No me estoy refiriendo a estar o no acreditado, ya doy por sentado que para bien o para mal como mínimo estoy hablando de personas correctamente acreditadas, aunque existan muchas que no lo están o no lo han estado por largos periodos de tiempo. Me centro en la percepción que tengo de que muchos enseñan porque han considerado que ese era el paso siguiente y lógico en su evolución como budokas. Tal percepción por su parte es errónea, no  es necesario al llegar a determinado grado o nivel técnico ponerse a enseñar. Por el contrario aceptar el reto de la enseñanza es algo bastante mas complicado que estar simplemente formados a nivel técnico. Aquellos que enseñamos tenemos la obligación de enseñar a cada practicante de forma individualizada aquello que le es necesario para su evolución correcta dentro de nuestro Budô. No se trata de formar a 20 personas igual, con idénticos conocimientos y con idénticas habilidades, eso es entupido porque si no hay dos seres humanos iguales no puede existir una formación o enseñanza única o estandarizada. Cierto que existen unos mínimos que todos deben conocer y dominar, pero a partir de ahí cada individuo como ser humano y como guerrero evoluciona o crece de forma diferente. Es misión del instructor ver o descubrir el potencial y habilidades de cada estudiante (Sainô) y llevarlas a un nivel superior de desarrollo. Para ello fomentará la capacidad del estudiante (Ki/Utsuwa) para tratar o gestionar ese potencial intrínseco de que dispone de la manera mas eficaz para él y para el Budô que practica. No debemos olvidar que esta es siempre una relación bidireccional, es decir, no solamente el Budô ayuda al practicante a madurar y progresar sino que el estudiante mediante su practica ayuda a la conservación y supervivencia del mismo una generación mas. Es por ello que el código de conducta de un Dôjô es una pieza vital para que tanto estudiante como instructor como el propio Budô trabajen unidos con un único fin, con un objetivo común.

La seriedad y discreción en el entrenamiento es parte del código de cualquier Dôjô, lo mismo que el indiscutible liderazgo del instructor como responsable máximo del Dôjô a nivel pedagógico, académico, disciplinario, etc.… así mismo la obediencia o acatamiento de las normas o reglas que rigen el Dôjô y a las directrices del instructor han de ser totales. Sin embargo como he dicho al principio me gusta el término “benevolente” pues es cierto que un Dôjô no es una democracia pero tampoco una dictadura totalitaria. Eso da al estudiante o alumno la capacidad de expresar en forma de dialogo constructivo sus dudas o miedos y esperar de su instructor una respuesta que subsane esas lagunas que sufre. Cierto también es que ha de tener Dôkyo, coraje, para seguir en un Budô y atender a las enseñanzas de un instructor de forma disciplinada,  seria, comprometida y sin reservas. Por desgracia y a diferencia de otros Sôgô Budô o Koryû tradicionales en Bujinkan la confianza que nos otorga nuestro Sôke y Sensei es enorme y a veces es mal interpretada o simplemente es usada de forma poco apropiada. La libertad de que nos ha dotado el Sensei para actuar como instructores ha de ser usada con conocimiento de causa, con seriedad y responsabilidad. Cada decisión que tomamos no sólo nos afecta a nosotros o a nuestros alumnos sino que indirectamente afecta a la imagen y buen nombre de nuestro Budô y de nuestro Sensei. Tanto a la hora de enseñar las tradiciones que nos lega nuestro Sensei como a la hora de evaluar los progresos de un estudiante y otorgarle un grado, como a la hora de instruir de forma integral al alumno o estudiante debemos ser profesionales serios y coherentes, dignos de la confianza depositada por el Sôke en nosotros. A veces las decisiones a tomar son difíciles, dolorosas pero el sentido de la responsabilidad nos dicta que en ocasiones es necesario tomarlas.

Por todo ello hay que respetar las formas y métodos de cada Dôjô a la hora de trabajar, entrenar y gobernarse de forma interna, pues no somos parte de los mismos y por lo tanto no tenemos derecho a opinar sobre sus normas o protocolos. Nos centramos en nuestro propio Dôjô y en hacer del mismo un espacio para la formación continuada de calidad siempre regidos por una devoción filial incondicional pero no fanática a nuestros superiores, a aquellos que llevan mas tiempo que nosotros en el camino, en la practica de nuestro Budô. Ya sea nuestro Sensei o instructor o nuestros compañeros de grado más alto dentro del Dôjô. El respeto, la disciplina y la seriedad son norma básica, siempre que sea posible con una sonrisa, pero siempre concentrados y concienciados de que estamos entrenando y a que estamos vinculados.

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2 pensamientos en “DICTADURA BENEVOLENTE

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